Desde que el multimillonario Peter Thiel desembarcó en Argentina, los medios han comenzado a prestarle atención a lo que podríamos llamar “la élite mundial” o la “super-élite”. Naturalmente, en el sentido puramente económico de “élite de poder”, ya que sí los observamos de cerca, no poseen ninguno de los rasgos de carácter de una élite en el verdadero sentido de la palabra, es decir una selección de “los mejores entre los mejores”. Más bien al revés, en muchos casos encontramos desequilibrios mentales preocupantes.
El Foro de Davos, la Fundación Rockefeller, el Grupo Bilderberg, DARPA, el Banco de Pagos Internacionales, el Instituto Tavistock, BlackRock, Klaus Schwab, Bill Gates, Elon Musk, George Soros, y otros nombres e instituciones que hasta hace poco sólo eran mencionados asiduamente por los analistas de geopolítica o los aficionados a rastrear conspiraciones, aparecen cada vez más en los medios de acceso común.
Ya se acepta casi naturalmente que existe una élite transnacional financiera y tecnológica que moldea el mundo futuro en el que viviremos. Tienen muchísimo más poder que cualquier mandatario o clase gobernante nacional. Fondos como BlackRock o Vanguard son dueños de casi todo, con acciones y participación en el directorio de las mayores multinacionales.
¿Diremos que esa élite es “malvada”, o simplemente es poderosa y egoísta? Después de la isla de Epstein, ya nada parece demasiado “conspiranoico”. Pero ¿se reúnen simplemente a prever escenarios de conflictos que afecten sus negocios o consensuar estabilidad geopolítica? ¿O realmente tienen ideas propias que van implementando sobre cómo debería ser la sociedad?
Estos grandes poderosos transnacionales se reúnen anualmente en Suiza para discutir la agenda mundial, en diversos tópicos, que en su página web oficial toman el nombre de “Centros”. Hasta hace unos años tenían un nombre más sugerente: “Modelando el futuro de…” de la producción y la manufactura avanzada; del consumo; de la economía digital; de la energía, de los nuevos materiales e infraestructura; del sistema financiero; de los bienes públicos “globales”; de la salud; de las inversiones; de los medios; de la movilidad; de la Inteligencia Artificial con Aprendizaje Automático; del comercio; de la Internet de las Cosas y la transformación urbana; e incluso un tópico era “Modelando el Futuro de la Nueva Economía y la Nueva Sociedad”.

En una mirada superficial parecería que no hay nada en ello que deba sorprender. Es natural que quienes poseen negocios extendidos más allá de las fronteras de cualquier país, se pongan al tanto de las tendencias mundiales y establezcan ciertos acuerdos. Pero su rol es más activo que eso.
No se están limitando a prever la aplicación de algunos descubrimientos tecnológicos, o a analizar los movimientos geopolíticos que ocurren, sino que los fondos de inversión financian activamente ciertas líneas de investigación, y espacios como el Foro de Davos, desde sus publicaciones oficiales. Y exhiben modelos del mundo muy disruptivos e incluso distópicos a los que planean arribar en etapas, basados en esa misma tecnología que financian. Naturalmente los presentan sólo como “previsiones”.
El Banco Central de los Bancos Centrales, en Basilea, trabaja asiduamente por reemplazar el dinero en efectivo por dinero digital, creando para ello una enorme infraestructura mundial, sin que nadie se lo haya pedido. Fondos de inversión impulsan el desarrollo de la IA, que desean aplicar a esta nueva infraestructura, por todos los medios. DARPA financió la tecnología utilizada en las vacunas de ARNm durante años, antes de que hubiese ninguna pandemia.
VACUNAS (1): El tabú moderno sobre el que no se admiten críticas, la vuelta al medioevo, y la estafa del Covid
VACUNAS II: La sombra de la pandemia ¿Hubo más muertes por las vacunas o por Covid?
En diversos ejercicios de simulación (una derivación civil de los “juegos de guerra” militares) en los que participan los mismos espacios de coordinación de políticas globales, se preven escenarios mundiales futuros, que luego se cumplen tal cual se planearon, pero con el detalle de que siempre se encuentran “manos ocultas” forzando los acontecimientos.
Varios de los megamillonarios más famosos (Musk, Gates, Thiel, Bezos), y voceros ideológicos como Klaus Schwab, exhiben cierto patrón de ideas similar, a pesar de sus aparentes diferencias, lol cual es específico de esta clase y diferente al de los demás ciudadanos, incluyendo las clases dominantes nacionales. Como si en cierto nivel una vanguardia ideológica formulase algunas ideas sobre la sociedad del futuro que no dan a conocer del todo.
No es casual que ese modelo se parezca bastante, de manera un tanto perturbadora, a Un mundo feliz de Aldous Huxley. Es que Huxley no hizo más que plasmar allí en forma de distopía algunas de las conversaciones que escuchaba en los debates organizados por su hermano Julián Huxley, creador del transhumanismo, eugenista, agente de inteligencia británico y creador de la UNESCO.
Samuel Huntington, a quien se le atribuye la invención del término «hombre de Davos», describió en 2004 a los miembros de esta super-élite mundial: «Tienen poca necesidad de lealtad nacional. Ven las fronteras nacionales como obstáculos que afortunadamente están desapareciendo y ven a los gobiernos nacionales como residuos del pasado cuya única función útil es facilitar las operaciones globales de la élite”.
Ciertos indicios parecen señalar que esa élite financiera y tecnológica ha puesto un ojo en nuestro país, y especialmente en los territorios poco poblados del sur. Sea así o no, desconocer su gravitación falsea cualquier análisis geopolítico actual. Es esencial que, con las precauciones de toda especulación y las limitaciones de una nota periodística, intentemos asomarnos un poco a qué piensan y qué proyectos tienen, en los cuales tal vez nos involucren especialmente.
Una élite con diferentes pensamientos, ¿o no?
Los miembros de esta “superélite” a la que nos referimos, están ubicados principalmente en la cúspide del mundo financiero, con dinastías de banqueros como los Rothchild o los Rockefeller, y otras menos conocidas como los Safra, Pritzker, Wallenberg o Agnelli. Sus agentes ocupan los directorios de las grandes empresas, y tienen intrincadas ramificaciones y contactos en los lugares más inesperados, como el “estado profundo” militar y de inteligencia, especialmente de EEUU.
Las figuras públicas que podemos relacionar con esos “altos niveles” (los megamillonarios que trasladan su dinero de un paraíso fiscal a otro y tienen mansiones en diversos países), no poseen un pensamiento uniforme, desde ya. Y tratándose en general de personas más prácticas que especulativas, con un ego importante, sus diferencias personales e ideas monotemáticas pueden parecer agigantadas.
Sin embargo, si se los analiza un poco, se encuentra un mismo objetivo de fondo detrás de sus aparentes antinomias ideológicas. Esa uniformidad es a la que llamaremos por practicidad “la agenda”, sin dilucidar por el momento su origen ni su coherencia. Sólo diremos que esa “agenda” posee elaboraciones conceptuales muy específicas, no es producto meramente de la codicia comercial. Pero a la vez no se presentan abiertamente, sino con excusas.
Elon Musk puede ser demócrata un día y anti-woke al otro, depende el sector de la población que quiera encolumnar como falsa disidencia. Pero creer en el “fascismo” del homosexual casado Peter Thiel, como algo en conflicto profundo con el “wokismo” del quebrador serial de naciones endeudadas George Soros, sería una ingenuidad. El fondo es el mismo.
La ONU y Davos hoy pueden hablar de la necesidad de una arquitectura de “gobernanza global”, y de establecer organismos internacionales y pactos que regulen el desarrollo de la IA; y Peter Thiel puede hablar de falta total de regulaciones, y decir que el Gobierno Mundial es el Anticristo. Sin embargo, sus caminos confluyen al final, en el mismo objetivo de un mundo con Estados nacionales reducidos a gestores de algoritmos, gobernados por una supercasta tecnológica-financiera sin patria.
A pesar de su fama de “filósofo”, Thiel echa mano a las ideas según le sirven para sus intereses. No hay ningún tipo de coherencia en su corpus de ideas filosóficas, si se lo puede llamar así, expresado en sus conferencias privadas sobre el Armagedón y el Anticristo.

Hasta donde conocemos su pensamiento, Thiel sostiene públicamente que las transnacionales tecnológicas deberían gobernar el mundo sin ser interferidas por los Estados, los cuales deben transformarse en entidades parecidas a empresas, dirigidas por técnicos. Sin embargo, trabaja para el Pentágono, quien le facilitan asociarse con diferentes gobiernos extranjeros para aprovechar sus enormes bases de datos (aunque ciertamente el Pentágono es mucho más que una “agencia estatal”).
Sostiene, en estos últimos tiempos al menos, que Occidente se ha vuelto débil por culpa de las ideas progresistas a partir de la década de los años ´60, y que ello nos conduce al caos total, el cual sólo puede ser detenido por un sistema autoritario mundial. A veces relaciona éste último con los organismos internacionales y el mundo financiero. Pero contradictoriamente considera a ese sistema autoritario una encarnación del mal absoluto (aunque al principio había puesto en ese lugar del Mal a la decadencia woke, que sería su enemiga, y no queda claro cuál sería la tercera alternativa entre los dos).
Luego debe hacer malabarismos verbales para ocultar la similitud de sus ideas con las promovidas desde esos espacios globalistas internacionales, de manera que el Gobierno Mundial del Anticristo ¡Termina siendo el gobierno de los “ludistas”, los woke y Greta Thunberg! ¿Pero no era que el gobierno mundial era contrario a la decadencia woke?.
Apenas se puede creer que hable en serio con planteos tan confusos, pero sí podemos ver qué cosas considera que existirán en un futuro cercano.
A Thiel le parece autoritario controlar los posibles peligros de interferir genéticamente a los seres humanos o crear una IA autónoma, pero advierte de riesgos catastróficos por no hacerlo. Toma violentamente partido a favor o en contra de determinados personajes e instituciones, en una actitud que parece más bien destinada a explotar “grietas” ideológicas.
En realidad, lo único que Thiel odia de los Estados es que le cobren impuestos, le impidan esconder su dinero en paraísos fiscales, y le impongan limitaciones legales y éticas en nombre del bien común. Sus objetivos son egoístas, y desde ya no desea asumir la responsabilidad de gobernar ningún territorio extenso.
Ley de Tierras, Súper RIGI, Ley de Sociedades: el trípode de la entrega total de la Argentina
Análisis sobre el proyecto de Ley de Tierras, el Súper RIGI y la Ley de Sociedades como ejes de una profunda transformación del régimen económico y jurídico argentino.
Pero, por otro lado, podemos ver que fundaciones como la Open Society teóricamente está en la vereda ideológica opuesta a Peter Thiel y Elon Musk. Sin embargom en los hechos, los programas implementados por la fundación de Soros para lograr sus “sociedades abiertas”, forman sujetos atomizados y enfrentados, que no pueden organizarse en cuerpos intermedios como estados nacionales.
Palantir fabrica los sistemas que vigilan a esos sujetos atomizados. Klaus Schwab también promueve experimentos tecnológicos a gran escala, corriendo los límites técnicos y éticos, exactamente igual que Thiel (aunque con una verba más cuidadosa), pero en su caso es promotor del Gobierno Mundial.
Bajo la égida de ese futuro gobierno imagina un mundo donde sujetos aislados (que ya no pertenecen ni a un país, ni a un sindicato, y tal vez ni siquiera a una familia), se interconecten virtualmente en una red inalámbrica mundial, mediante sensores incorporados a sus cuerpos y cerebros (de cuyo desarrollo se encarga Elon Musk), interactuando constantemente con un entorno virtual, que conformará una suerte de capa digital sobre la topografía del mundo real, del cual todos nos volveremos completamente dependientes para trabajar, comerciar y vivir.
Schwab sienta las bases de ese modelo distópico en su libro La cuarta revolución industrial, de 2016, donde imagina un futuro próximo que parece sacado de la ciencia ficción ciberpunk, cuando los nuevos descubrimientos en edición genética, nanotecnología y computación cuántica se “fusionan” e interactúan, haciendo que “los límites entre lo físico, lo biológico y lo digital” se vuelvan difusos (p. 12 de la edición electrónica). Esta revolución “No sólo cambiará el “qué” y el “cómo” de lo que hacemos, sino también el “quién” somos.” (p. 8).
Algunos de los campos donde repercutirá esta Revolución son los siguientes: Vehículos autónomos, impresión 3-D, robots avanzados, Inteligencia Artificial avanzada, nuevos materiales, Internet de las Cosas, tecnología blockchain, economía on-demand (trabajo mediante plataformas digitales), teleducación, y edición genética de seres humanos, agricultura y ganado (donde “la ciencia está progresando tan rápido que las limitaciones hoy día no son técnicas, sino más bien legales y éticas”). “Nos enfrentamos con nuevas preguntas acerca de qué significa ser humano, o qué información sobre nuestros cuerpos y salud debe ser compartida con otros” (p. 26)
La diferencia entre estos miembros de “la élite” radica más bien en qué parte del proceso está impulsando cada uno. Peter Thiel (quien no está en el escalafón más alto de la élite financiera), busca crear “zonas francas” (como lo son los paraísos fiscales para el mundo financiero), donde realizar experimentos tecnológicos fuera de todo límite ético y legal.
La élite de Davos y Basilea busca incorporar esos experimentos al nuevo sistema mundial y regularlos una vez desarrollados. Thiel busca impulsar megacorporaciones con su propio territorio como pequeños enclaves de gobierno tecnocrático, en rivalidad con los estados nación, y Davos busca regular la síntesis que surja luego de esa fragmentación.
La fusión de la élite tecnológica y la élite financiera se daría al operarse la sustitución del dinero físico por dinero digital. Entonces una y otra se confundirían.
Peter Thiel es la cara más visible de cierta élite de Silicon Valley, y sobre todo de sus inversionistas. El grupo original de Pay Pal (La llamada “mafia Pay Pal”) estaba compuesto por Peter Thiel, Mark Zuckerberg, Elon Musk, Reid Hoffman (fundador de Linkedin, AirBnb y Change.org) y los fundadores de YouTube, entre otros.
Ellos levantaron Silicon Valley tal como lo conocemos. Musk, Zuckerberg, Thiel, el excéntrico Larry Ellison (fundador de Oracle) y la mayoría de los directivos de Google (Sergei Bin, Eric Schmidt, Ray Kurzweil, Bill Maris, Sundar Pichai) son fervientes transhumanistas. Militan por la mejora y modificación tecnológica del ser humano sin límites.
Thiel intentó su experimento “libertario” en la ciudad autónoma de Próspera, en Honduras. Allí hay empresas que realizan edición genética a demanda y te colocan implantes biónicos con la intención de multiplicar tus capacidades, o por cuestiones utilitarias baladís, como llevar la llave de tu auto siempre contigo. El enclave tiene su propio régimen impositivo y sus propias leyes. Actualmente su existencia se haya amenazada por el cambio de gobierno, pero existe el proyecto de realizar otros terrenos autónomos similares, pretendidas “ciudades inteligentes”, en varios lugares del planeta.

Un manifiesto transhumanista.
El mundo transhumanista propuesto en líneas generales por Schwab en La Cuarta Revolución Industrial queda explicitado de manera mucho más clara en un folleto titulado El próximo paso, la vida exponencial, el cual fue impreso por la fundación Open Mind del BBVA, inmediatamente después de que su director, Francisco González, volviese de la reunión anual de Davos de 2016.
Los artículos que contiene fueron escritos por investigadores y teóricos ligados al universo de Silicon Valley, pertenecientes al M.I.T., la Universidad de California, empresas importantes de biotecnología o think-tanks con sedes en California o Londres. Los temas abordados sintetizan lo que podemos denominar “las obsesiones transhumanistas”, que son las mismas del programa de Davos. Este folleto, como resumen explícito de esa corriente de pensamiento, nos es muy útil para tender un puente entre los planteos teóricos subyacentes, y los programas concretos que emanan de ámbitos como el Foro de Davos.
Los temas de cada artículo son, resumidamente: Tecnología para reversión del envejecimiento (mediante terapias celulares similares a la tecnología de las vacunas de ARNm); minirobots con componentes orgánicos capaces de entrar en el organismo y realizar diversas intervenciones; Internet de las Cosas en entornos de sensores ubicuos; Inteligencia Artificial; Realidad Aumentada; edición genética de seres humanos, plantas y animales; implantes cerebrales (tecnologías neuromoduladoras, implantes de tejido neural y sistemas de interfaz cerebro-máquina); el futuro de la banca (dinero digital de bancos centrales); riesgo existencial (catástrofes globales por un desastre nuclear, geoingeniería mal hecha, experimentos con virus o IA descontrolada); viajes interestelares y contactos con ETs.
El artículo El cerebro sensorial aumentado. Cómo conectarán los humanos con el internet de las cosas, de Joseph A. Paradiso, del M.I.T. Media Lab, describe de manera acabada el modelo de este mundo futuro, estilo Matrix, que aparece de forma mucho más cuidadosa y limitada en las alocuciones de Klaus Schwab o Elon Musk.
Allí queda explícito que la Internet de las Cosas (que conecta objetos mediante sensores y señales wi-fi) se visualiza, en todo su potencial, en la forma de un entorno de cámaras y sensores omnipresentes controlados por una potente I.A., sensores que estarán en computadoras, autos autónomos, casas, la ropa, accesorios ponibles, pintados o tatuados en la piel, o implantados. Y será completada con implantes cerebrales (tal vez inyectables) o algún tipo de tecnología de conexión mente-computadora.
Una idea muy peligrosa esta última, porque nada evitaría que semejantes dispositivos funcionasen en un doble sentido, y permitiesen “hackear” la mente de los individuos remotamente. Ya Yual Noah Harari, autor de Sapiens: De animales a Dioses, se ha encargado de alertar sobre este gran peligro, que agorera como un producto casi inexorable de la Cuarta Revolución Industrial.
Dice Paradiso: “La internet de las cosas parte de la premisa de la ubicuidad de entornos dotados de sensores. (…) Parece haber una creciente proliferación de sensores de todo tipo y en todas partes (sic?), lo que indica una fase de transición inminente cuando estén bien conectados en red. (…) Este cambio creará un sistema nervioso electrónico continuo que cubrirá el planeta” (p 48)
“Una interfaz adecuada para este sistema de sensores artificiales apunta a la creación de algo así como una omnisciencia digital, que puede aumentar en gran medida la consciencia de una persona en términos temporales y espaciales. Sería, pues, una interesante puesta en práctica de los medios electrónicos que McLuhan caracterizaba como una extensión del sistema nervioso humano”.
“Denominamos este proceso Cross Reality o realidad cruzada, es decir, un entorno omnipresente y aumentado en todos los aspectos, en el cual los datos de sensores se manifiestan con fluidez en mundos virtuales en los que se puede navegar de un modo intuitivo (…) que hará que la actual división de nuestra atención entre los teléfonos móviles y el mundo real parezca pintoresca y arcaica” (ps 66-70).
Paradiso propone con toda naturalidad vivir inmersos en un entorno invadido por “sugerencias” continuas de la IA, a las que la masa se plegará mansamente, perdiendo incluso la capacidad de distinguir correctamente entre realidad física y virtual, entre lo que es fabricado y lo que ocurre naturalmente. Más adelante sugiere que el mismo cerebro podría estar conectado a esta realidad virtual, con lo cual los individuos perderían definitivamente la distinción correcta de los límites de lo real físico y de su propia individualidad.
“Entramos en un mundo en el cual la información de sensores ubicuos del espacio que nos rodea se propagará por varios niveles de lo que hoy denominamos «la nube», para después proyectarse sobre nuestro entorno físico y lógico a modo de información contextual que guiará los procesos y las aplicaciones que se manifiesten a nuestro alrededor. (…) Esta información estará regida por el contexto y la atención, no por la petición directa, y en gran medida será precognitiva…”
“De hecho, en este futuro las fronteras del individuo serán muy difusas. (…) En el futuro, cuando vivamos y aprendamos en un mundo profundamente surcado por redes de dispositivos ponibles y, en última instancia, implantables, la manera en que nuestra esencia e individualidad se repartirá entre las neuronas orgánicas y aquello en lo que se haya convertido el ecosistema de información planteará una frontera fascinante que promete redefinir la humanidad. (sic)” (p 70)
Tales sensores omnipresentes no serían otra cosa que “una serie de dispositivos repartidos por nuestro entorno que reúnen datos sobre nosotros y también para nosotros”. (p. 144) ¿Les suena a Palantir? “Dispositivos multisensoriales de realidad mixta, que difuminarían la frontera entre lo real y las animaciones computadas proyectadas en el entorno. La geolocalización de los celulares actuales y las gafas de realidad virtual podrían evolucionar hacia trajes computarizados o incluso a implantes que modificarían los sentidos”.
Uno se pregunta naturalmente si semejante mundo es deseable. Si una persona que no puede distinguir entre realidad virtual y física, o entre sus neuronas y el “ecosistema de información” al que está “enganchado”, es aún un ser humano, o si entrará en psicosis. Uno se pregunta además si tal delirio de ciencia ficción es realizable a escala mundial, técnica, ecológica y económicamente, más en el momento actual en que las fuentes de energía barata comienzan a escasear.
Pero el desempleo generalizado, la necesidad de una Renta Universal y el decrecimiento del consumo, también son previstos en los escenarios de Davos. ¿Cómo son conciliables ambos mundos que prevén, el de una tecnología omnipresente consumidora de gran cantidad de energía, y el de la escasez de energía?
Estas ideas no son sólo teoría. Desde hace varios años, agencias como IARPA (la hermana gemela de DARPA en el mundo de la inteligencia), se encuentran investigando y financiando escenarios de cámaras omnipresentes que permitan monitorear cualquier suceso sobre la Tierra, identificación biométrica y por restos de ADN, bioinformática, nuevos materiales, intervenciones neuronales no invasivas, IA. A través de programas como ICArUS, DIVA, SMART, CORE3D, ODIN, PROTEOS, TRUST, FELIX, SHARP, MIST y otros.
Un “mundo de magia hecho realidad” y el futuro del dinero.
Chris Skinner, del Financial Service Club, de Essex, experto en finanzas, gobernanza de la IA y Ciencias del Comportamiento, imagina así el futuro del cual aparentemente se habla en estas “altas esferas”, en su artículo “Pasado, presente y futuro del dinero, la banca y las finanzas”:
“Probablemente, el cambio más significativo, y más previsible, es que viviremos más tiempo. (…) La explicación a esta longevidad es que el humano tendrá algo de máquina y la máquina algo de humano. (…) El cíborg llegará antes de que pasen treinta y cinco años, según un reconocido futurólogo. Si a esta ya sugerente gama de posibilidades, se suman otras fórmulas para prolongar la vida, como los nanorrobots, o la posibilidad de dejar nuestra memoria humana en la red después de morir, el mundo será un lugar de magia hecha realidad.” (sic)
Eso será para él. Para la mayoría de la gente parece más un capítulo espeluznante de Black Mirror. Además de expresar una burda concepción mecanicista de los fenómenos de la vida y la mente, tal vez muy errada e irrealizable técnicamente.
“Coches sin conductor, biotecnologías, redes inteligentes y tantas cosas más trasladarán las fantasías de Minority Report y Star Trek a un mundo de ciencia que tiene poco de ficción y mucho de realidad. Incluso se podría monitorizar la actividad cerebral y alertar a expertos sanitarios o a los servicios de seguridad antes de que se produzca una agresión, como en la antiutopía de Philip K Dick, Minority Report.”
Este mundo de dictadura distópica parece más promesa que realidad factible, pero aún así, ¿qué nos están proponiendo? ¿Monitoreo de actividades cerebrales o emocionales “sospechosas”? ¿Detención de una persona antes de que cometa un delito, en base a ese monitoreo?
Cuando estos autores hablan de “biotecnología” o “nanotecnología”, la gente apenas tiene idea de todo lo que se está experimentando en ese campo: ADN de diseño en el que se pueden programar datos computacionales (aprovechando su estructura ordenada de doble hélice), el cual puede ser inyectado o ingerido e ir al encuentro de bacterias intervenidas genéticamente y nanotecnología de tamaño casi atómico, con la idea de transformar a un ser humano en una computadora viviente transmisora de datos.
Pueden verse al respecto las patentes sobre Internet del cuerpo Humano, los experimentos de Charles Lieber, Sakhrat Khizroev o Karl Deisseroth. Todo esto naturalmente es por el momento puramente experimental, ya qué a pesar de las ambiciones de sus desarrolladores, existen innumerables problemas técnicos, éticos, de salud y de seguridad con estas invenciones nanotecnológicas que pretenden “fusionar lo biológico, digital y tecnológico” (en palabras de Schwab).
Skinner finalmente entra en su área de competencia:
“Así pues, en esta quinta edad del hombre, en la que hombre y máquina crean superhumanos, ¿cuál sería el sistema de intercambio de valor? No será el dinero y probablemente tampoco las transacciones de datos, sino que habrá otra estructura. He aludido a ella muchas veces, porque está bastante claro que en el futuro el dinero desaparecerá”.
“En la quinta edad del hombre, el sistema monetario carecerá de sentido. Tras haber digitalizado el dinero en la cuarta edad, la estructura pasará a un sistema universal de abonos y adeudos. Dígitos en la red que registran nuestros gastos e ingresos, nuestra vida y nuestras ganancias, nuestro trabajo y nuestro placer.”
Skinner nos dice que en el futuro el dinero físico será reemplazado por dinero digital, pero en una etapa posterior el dinero digital “desaparecerá” y será reemplazado por “una estructura” que registrará “nuestra vida y nuestras ganancias, nuestro trabajo y nuestro placer” en forma de “abonos y adeudos”.
¿Una suerte de inesperado comunismo 4.0 sin privacidad, regenteado mediante la nueva tecnología por los dueños del capital? ¿Conexión a la web de todos los individuos, vigilados por IA? ¿Sistema de Crédito Social? No nos dice más, salvo algunas palabras huecas sobre si lograremos “superar el egocentrismo” y actuar “mancomunadamente”, pero parecería sugerir algo que va por ese lado.
Ya está en marcha actualmente la primera etapa, dirigida a sustituir el dinero físico por transacciones de datos controladas por la Banca Internacional. Los planificadores de Davos (a través de los principales Bancos Centrales, el FMI o las hojas de ruta del G20) se apresuran a involucrar a los gobiernos en la construcción de la infraestructura global para sostener ese intercambio digital, y la automatización a gran escala, justamente antes de que un declive energético lo vuelva más difícil.
El Banco de Pagos Internacionales en Basilea ensaya Monedas Digitales de Bancos Centrales (CBDC), mientras el FMI agiliza los sistemas de pagos transfronterizos, removiendo controles, y la OCDE lanza paquetes de medidas para facilitar la digitalización global de la economía (Reglas del Modelo Global contra la Erosión de Bases), proponiendo suprimir los impuestos a los servicios digitales, entre otras cosas.
¿Qué es lo que tiene en vista Chris Skinner como una etapa posterior?
Existen ya patentes para la llamada Internet del Cuerpo Humano, una internet que funcionaría dentro del cuerpo con nanopartículas de nanotecnología inyectables, y también otros sistemas de monitoreo de las funciones corporales de la llamada “medicina personalizada”, los cuales incluyen accesorios ponibles o implantables, o monitoreo a distancia.
Algunos de estos sistemas (concretamente tenemos aquí a la vista una patente de Microsoft) servirían para minar criptomonedas utilizando los datos de las actividades corporales. Si datos biométricos de todo tipo estuviesen ligados a las transacciones digitales, supervisadas por una IA, ello resolvería el dilema de cómo autentificar remotamente millones de transacciones en todo el mundo (saber si están ocurriendo realmente), uno de los problemas técnicos cruciales que deben resolverse para desarrollar un sistema de pagos mundial completamente digital. No sería extraño que tenga algo como eso en mente, pero prefiera no “levantar la perdiz” por ahora.

Frenar el cambio climático editando genéticamente a los seres humanos.
Si lo que han leído hasta ahora les resulta distópico y sorprendente, e incluso parece revelar cierta sociopatología en los sujetos que lo presentan como una maravilla, no podemos dejar de lado el artículo “Ingeniería humana para frenar el cambio climático”, de S. Matthew Lao, director del Centro de Bioética de la Universidad de Nueva York, y miembro destacado del Centro para la Mente, Ética y Políticas, un centro enfocado en la producción académica relacionada con “mentes no humanas” (concretamente la I.A. y las animales) y su estatuto legal y moral.

Lao propone combatir el “cambio climático”, cuya inminencia catastrófica tan publicitada es muy discutida por los verdaderos especialistas, mediante la eugenesia, con ¡la edición genética de los seres humanos!
Así, por ejemplo, para que haya menos emisiones de metano a la atmósfera por parte del ganado (algo que no está demostrado que produzca cambio climático), se podría “inducir artificialmente una ligera intolerancia a la carne roja (…) estimulando el sistema inmunológico contra las proteínas comunes en la carne de vacuno.” (p. 281). ¡Seguramente sería más fácil que intentar convencer a todos de que se vuelvan veganos!
Otra forma de reducir la huella ecológica de carbono, pero no del ganado sino de los mismos seres humanos, sería hacer que nazcan seres humanos de menor estatura.
“Supongamos que el problema en cuestión es determinar un cierto tipo de asignación fija de emisiones de gases de efecto invernadero por familia. Si es así, una vez fijada la tasa de emisiones de efecto invernadero, la ingeniería humana podría dar a las familias la opción de elegir entre tener un hijo alto, dos de mediana estatura o tres de baja estatura. En este contexto, la ingeniería humana parece fomentar más la libertad que una política que diga que solo se pueden tener uno o dos hijos.” (p. 286)
Por último, otra “solución” al “cambio climático” sería inducir el altruismo y la empatía farmacológicamente. Lao menciona la administración de oxitocina o de un inhibidor de noradrenalina, en plan “soma” de Un mundo feliz. Otras intervenciones genéticas “si nos dejamos llevar por la fantasía”, podrían reducir nuestras necesidades de alimento y agua (sic), o dotarnos de ojos de gato que nos permitan ver en la oscuridad (p. 286).
El Gobierno Mundial y los Estados Nación.
Finalmente, cerramos el análisis de este opúsculo con un texto de Luciano Floridi, de la Universidad de Oxford, que nos ofrece un marco teórico de carácter más filosófico, donde situar las demás elucubraciones tecnológicas. Este marco teórico, con algunos de sus términos (como TIC) ha sido repetido por otros autores, por lo cual nos parece una referencia importante.
El autor pone al futuro cercano en una perspectiva histórica que traza desde la prehistoria, como constituyendo una nueva etapa en la vida humana, inaugurada por las nuevas tecnologías. Esta nueva etapa es denominada, de forma bastante curiosa, “hiperhistoria” o “salida de la historia”, con un resabio mesiánico que trae ecos tanto del “fin de la historia” de Fukuyama como de la “sociedad sin clases” del Manifiesto Comunista.
“En la hiperhistoria hay Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), que registran, transmiten, pero sobre todo procesan datos de forma cada vez más autónoma, y las sociedades humanas dependen de ellas y de la información como recurso fundamental. El valor añadido llega cuando pasamos de relacionarnos con las TIC a depender de ellas. Ya no podemos desenchufar nuestro mundo de las TIC sin apagarlo totalmente.”
“Nuestras actividades de descubrimiento, invención, diseño, control, educación, trabajo, relaciones sociales, ocio, atención médica, seguridad, negocios, etcétera, no solo no serían factibles, resultarían impensables en un contexto histórico puramente mecánico”.
Con un “contexto histórico puramente mecánico” el autor se refiere a la situación natural biológica, a la que se suman las invenciones mecánicas desarrolladas desde la Revolución Industrial. “Estamos presenciando la definición de un escenario macroscópico en el que la hiperhistoria y la re-ontologización de la infoesfera en la que vivimos están poniendo distancia muy rápidamente entre las generaciones futuras y la nuestra”, (p. 318).
Más que “rápidamente”, el cambio es definido a renglón seguido como “repentino” e incluso “inesperado”.

Esta “sociedad de información”, que aparentemente representa la cúspide de la historia humana, no podrá surgir sin un reordenamiento global. La desaparición de los Estados-Nación al transformarse definitivamente en “sociedades de la información” es comparado con la apoptosis celular (autodestrucción de las células), como un “proceso natural” y saludable.
Según Floridi, las dos guerras mundiales fueron enfrentamientos de Estados Nación que se resistieron a dejarse coordinar por “sistemas multiagente” (SMA) mayores que ellos, los cuales surgieron definitivamente en la postguerra: “la Sociedad de Naciones, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, las Naciones Unidas, la Unión Europea, la OTAN, etcétera.” (p. 322). La última apoptosis política del Estado ha sido el Consenso de Washington.
Las TIC le sacan al Estado el monopolio de la información y “desterritorializan” la experiencia humana, haciendo que las fronteras nacionales sean “irrelevantes”. Las TIC “han creado, y están ampliando exponencialmente, regiones de la infoesfera en las que cada vez más agentes (no solo humanos) operan y pasan más tiempo en la experiencia onlife (un nuevo espacio donde la frontera entre lo online y lo offline se ha borrado)” (p. 324).
Las TIC además “fluidizan” la topología de la política, promoviendo “la agregación, disgregación y reagregación oportunas de grupos distribuidos «bajo demanda», alrededor de intereses compartidos”, superando las “limitaciones” de “las clases sociales, los partidos políticos, las características étnicas” (p. 325)
“En el marco hiperhistórico la actitud por defecto es optar por la integración social (…) Esta participación tiene una naturaleza cada vez más «justo a tiempo», «bajo demanda», «orientada a objetivos» y en absoluto permanente, no a largo plazo ni estable. (…) La pertenencia tiene que ser construida y renovada, en un proceso de recaptación continua”.
Esta nueva situación de la humanidad, conectada virtualmente, en la “hiperhistoria”, donde nada es permanente, deberá ser regulada por lo que el autor llama con otra palabra bastante curiosa “infraética”: “una infraestructura que está ahí para facilitar o impedir la conducta moral o inmoral de los agentes implicados.” No aclara de qué se trata, aunque uno piensa automáticamente en algo similar al Sistema de Crédito Social que se atribuye exageradamente a China.
Como todos los planteos transhumanistas, la propuesta es bastante elusiva. Asevera con naturalidad conclusiones extremas y no termina de formalizar su verdadera propuesta. ¿Por qué la “sociedad de información” implica la desaparición de estructuras de organización intermedias como los Estados Nación, e incluso cualquier otra estructura menor, y estructuras sociales como las clases?
Para plantear como realizable el escenario de una masa mundial de individuos sueltos con pertenencias flotantes, regulados por un “gobierno global”, sin la interferencia de cuerpos intermedios de importancia (que serían meros gestores), debemos suponer de entrada una suerte de “conexión” entre esos individuos y el regente global central que es mucho más que simbólica, sino más bien literal. Ello es lo que no se termina de aclarar, pero queda complementado por los artículos anteriores sobre sensores ubicuos de vigilancia y recopilación de información, conexiones neuronales, y flujos globales colosales de datos y transacciones supervisados por I.A.
“La especie cambiará todavía más durante las décadas y los siglos venideros, en la medida en que desarrollemos la capacidad de modificar nuestra biología, ampliar nuestras capacidades mediante varias formas de interacción humano-máquina y ahondar en el proceso de innovación sociocultural” (Seán Ó hÉigeartaigh, del Centre for the Study of Existential Risk, p. 348).
Pero a la vez que nos prometen la evolución continua hacia un paraíso tecnológico sin límites, los transhumanistas nos amenazan al mismo tiempo con una hecatombe tecnológica mundial y escasez.
“Hemos avanzado mucho en el diseño de instituciones eficaces, en especial tras la Primera y la Segunda Guerras Mundiales (…). En la era en la que estamos entrando, los mayores riesgos que se nos presentan tienen una probabilidad abrumadoramente alta de ser el producto de nuestras propias actividades y de nuestra falta de capacidad para domeñar y limitar nuestro poder de forma colectiva.” (p. 354)
La contradicción entre estos dos escenarios, el de progreso tecnobiológico colosal y el de escasez y catástrofes, que aparecen juntos continuamente, sólo parece adquirir sentido si pensamos en un modelo donde unos pocos disfruten de las “mejoras” y potenciación tecnológica de sus cuerpos, mientras los demás serán una masa gregaria administrada por I.A., con sus medios de vida estrictamente racionados, y tal vez con la población reducida por alguna catástrofe.
Este escenario no lo inventamos nosotros, sino que también ha sido advertido por Yuval Harari al analizar la realidad actual. En su best-seller Homo Deus: Breve Historia del Mañana, de 2015, este autor ha dejado claro que las “mejoras” de las capacidades humanas prometidas por el transhumanismo no son para todos, sino para unos pocos.
La súper-elite disfrutará, si llega a lograrlo, del alargamiento de sus vidas o la potenciación de sus sentidos mediante modificaciones genéticas y tecnológicas, pero eso no será para las masas, que verán radicalmente transformada su vida, e incluso intervenidos sus cuerpos, pero dependerán de manera total de la élite dueña de la tecnología, formando dos castas separadas. La élite se encontrará a tal distancia, con su poder económico concentrado, que en comparación todos los demás seremos plebeyos.
En nuestra opinión, este niño mimado de Davos hace de vocero de los planes transhumanistas, adelantándose a las críticas que podrían surgir hacia su parte más tenebrosa, y administrando esas críticas sin dejar de mostrar admiración, y sobre todo, de sugerir una especie de “inevitabilidad” de todos esos cambios.

No estamos para nada seguros de que los transhumanistas puedan llegar a hacer realidad el mundo con el que aparentemente sueñan, pero esto que hemos resumido, es lo que están prometiendo para todos nosotros. ¡Si esa es la promesa, mejor que no concreten ninguna realidad!
El error fundamental del transhumanismo.
El transhumanismo al que rinden culto estos sujetos plantea un ser humano imperfecto, al que se debe y puede “mejorar” mediante la ingeniería genética y los implantes robóticos. La paradoja del proyecto ya fue avizorada por C. S. Lewis en su ensayo La abolición del hombre, de 1943.

Allí el autor de Las crónicas de Narnia, quien era también un genial ensayista cristiano, vio el meollo contradictorio del planteo: El avance tecnológico de la humanidad se ha dado mediante el dominio del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza, y su comprensión y manipulación de ellas. Esto ha alcanzado a comienzos del siglo XX un impulso extraordinario, y ha creado incluso una suerte de cosmovisión y fe en el progreso tecnológico continuo, sustentado sobre la energía barata del petróleo.
Pero Lewis se percata, con mucha sagacidad, de que la idea de que el hombre controle y mejore la naturaleza, cuando es llevada hasta un extremo, termina en una paradoja. Y eso ocurre cuando el hombre finalmente termina siendo él mismo parte de esa naturaleza que quiere modificar.
Entonces el poder del hombre sobre la naturaleza pasa a ser el poder del hombre sobre el hombre, o mejor dicho, el poder de unos pocos hombres sobre todos los demás, a quienes estos pocos consideran moldeables según su capricho. Ese es el punto al que vamos llegando ahora con la edición genética, la IA y los implantes biónicos. “La conquista final del Hombre ha demostrado ser la abolición del Hombre”, sentencia Lewis.
Lewis llama a la élite que busca realizar ese proyecto eugenista (así se les decía entonces), y que ejerce su enorme poder sutilmente, los Condicionadores (o Manipuladores). Ya que en un principio no ejercen su poder abiertamente, sino mediante su influencia en la educación, la propaganda, e indirectamente en los centros de decisión. Según Lewis, esta pequeña élite puede lograr, en el futuro, el poder tecnológico y económico de moldear al resto de la humanidad, pero ellos mismos no siguen ninguna regla moral ni aceptan ningún límite. Son guiados por sus propios caprichos y apetitos sin control.
A esos límites que es sano respetar y tener en cuenta Lewis los llama de forma general “el Tao”, queriendo significar con ello la naturaleza profunda de las cosas como son, de la que de una manera u otra se derivan ciertos valores, aunque los mismos tengan variaciones de una sociedad humana a otra.
“Lo que pretenden ser nuevos sistemas o (como ahora se llaman) “ideologías”, consisten en aspectos del propio Tao, tergiversados y sacados de contexto y, posteriormente, sublimados hasta la locura en su aislamiento (…) La mente humana no tiene más poder para inventar un nuevo valor que para imaginar un nuevo color primario o, incluso, para crear un nuevo sol y un nuevo firmamento que lo contenga.”
“Si se diera el caso de la existencia de un mundo totalmente planificado y manipulado (con el Tao reducido a mero producto de tal planificación), la Naturaleza no se volvería a preocupar de la inquieta especie que se revolvió contra ella hace ya muchos millones de años; no sería molestada ya más por la cháchara de la verdad, de la compasión, de la belleza y de la felicidad: y si la eugenesia es verdaderamente eficaz no habrá una segunda revuelta, sino un acomodo a los Manipuladores; y los Manipuladores, a su vez, amoldados a ella” (a la Naturaleza).
Sorprende cómo Lewis pudo prever el mismo mundo que hoy analiza Harari. Pero creemos que incluso él se hubiera sorprendido de la especie de misticismo absurdo extremo al que puede llegar el culto a la tecnología en algunos de estos sujetos, que le asignan poderes casi divinos, mientras desprecian el mundo natural.
Como por ejemplo Nick Bostrom, cuando imagina computadoras creando inteligencia mayor que la humana, y esa nueva inteligencia creando otras computadoras más inteligentes, hasta obtener poderes de omnisabiduría insondables.
O Ray Kurzweil, quien ha llegado a afirmar que se podrían crear nanobots autoreproducibles dotados de inteligencia artificial, los cuales penetrarían la materia, volviéndola inteligente. Luego se podría ir con un cohete espacial y arrojar esa materia inteligente a agujeros de gusano (un objeto cósmico teórico que siquiera se sabe si existe) para que viajen por el Cosmos y lo inunden, despertando de esta manera una suerte de Inteligencia Cósmica omnipresente.

Si esto parece delirante es porque lo es. De hecho, la filosofía de la mayoría de estos pensadores transhumanistas es asombrosamente rústica y retorcida. Sin embargo, ocupan puestos importantes de decisión, y responden o movilizan a actores con un enorme poder económico.
El nuevo mundo posthumano.
El filósofo francés Lucien Cerise disecciona lúcidamente la mentalidad de la élite financiera transhumanista, a la cual ha estudiado con detalle. Como es de esperar, sus palabras no son muy elogiosas. Sostiene sin ambages que el sistema actual “nos quiere disolver”.

El caos no es ya el mayor enemigo de las clases dominantes (o mejor dicho de la super-clase dominante por encima de ellas), sino que, siguiendo la táctica straussiana de Paul Wolfowitz, se ha convertido en su herramienta privilegiada para la ingeniería social. Tomamos los siguientes extractos de una entrevista dada a Alan de Benoist, donde Cerise resume sus observaciones:
“Los medios cabalistas neoyorquinos de Wall Street, que Darren Aronofsky pone en escena en su primera película llamada Pi, ven una continuidad perfecta entre su mística y el capitalismo financiero más inmundo. El presidente de Goldman Sachs llegó a decir un día que los banqueros estaban haciendo la obra de Dios. La oligarquía capitalista necesita un suplemento de alma, que va a buscar en este espiritualismo numérico que suprime las diferencias cualitativas para dejar subsistir sólo las cuantitativas.”
“La máxima hermética «Disolver y coagular» resume bien esta gran obra de ingeniería mundial: reiniciar la Creación, hacer un reset ontológico global, recomenzar todo desde cero. Esta destrucción creadora del mundo supone una demolición controlada y racional, a fin de que todo no quede destruido en el proceso. (…) En tiempos normales la cima del Capital no es la cima de la Creación, debido a que todavía debe someterse a lo Real, o a Dios. Pero después del reinicio global, una nueva jerarquía emerge”.
“El Nuevo Orden Mundial es cuando el dinero lo decide todo, ya que se ha convertido en el origen de todo después de haber destruido el mundo dado naturalmente. De un mundo dado pasamos a un mundo producido. ¿Producido por quién? Por la cima de la pirámide del Capital, que se convierte entonces en la cima de la pirámide de la Creación. El propietario del Capital se vuelve divino, es el productor demiúrgico del mundo.”
“El dinero que maneja el mundo no basta, debe «hacer» el mundo totalmente, crearlo, producirlo desde el origen; por lo tanto, definir la sustancia, la esencia, la naturaleza. Cuando absorbemos este pensamiento para comprenderlo desde el interior, se siente que la energía que lo anima es el odio. No hace falta decir que es la ideología más peligrosa de todos los tiempos.”
“Lo que se pretende es el fin de lo humano, por lo tanto, lo post-humano, lo transhumano, etc. La imprecisión identitaria viene de que las diferencias son atacadas en favor de una mezcolanza generalizada. Ninguna diferencia debe existir, como lo estipula la teoría de género para los sexos e, incluso más allá, el anti-especismo y el veganismo, que niegan una diferencia sustancial entre los humanos y las otras especies para prepararnos para el mestizaje entre los seres humanos y los animales, las «quimeras» genéticas que pronto saldrán de los laboratorios.”
“Un paso más allá son los juristas y los abogados (Alain Bensoussan, Anthony Bem) que trabajan sobre el derecho de los robots, para dar personalidad jurídica a las máquinas y abolir así la distinción entre vivos y no vivos. Los identitarios no siempre entienden que la Gran sustitución no es la de una raza o la de una cultura por otra, sino la de los seres humanos por las máquinas (…) La de la cibernética social de Wiener, que quería confiar la organización de las sociedades humanas a los ordenadores”.
“En este punto, largamos las amarras del principio de realidad para entrar en un estado donde todos los límites han caído, induciendo una interpenetración del interior y del exterior, una confusión entre el Yo y el Otro y una imprecisión identitaria global donde las formas fijas desaparecen en beneficio de flujos numéricos en recomposición constante. Clínicamente, hablamos de un trastorno psicótico que se instala, una bouffée delirante crónica”.
Estas palabras nos hubiesen parecido muy exageradas, si no hubiésemos leído previamente los delirios de Joseph Paradiso sobre Realidad Aumentada e interconexión neuronal, donde literalmente se apuesta por la desagregación psicológica del individuo en una suerte de ente colectivo, respondiendo a las sugerencias y sugestiones de una I.A. Y los delirios de sus demás colegas, como quienes quieren fusionar de todas las maneras posibles nanotecnología, ADN de diseño, computación y cuerpo humano (afortunadamente el cuerpo humano no es una máquina y rechaza la mayoría de esas intervenciones). Continúa Cerise:
“Lo que identifica definitivamente a la derecha liberal y a la izquierda libertaria es que ambas trabajan para abrir los sistemas al máximo hasta su disolución entrópica y su muerte”.
“Para mantener su estructura en el tiempo, un sistema necesita el intercambio de información con su entorno, por lo tanto ser abierto, pero también necesita del cierre, si no se disuelve en este entorno. La apertura alimenta, el cierre protege. Son el cierre completo y la apertura total lo que aumenta la entropía de los sistemas. En contraste, el buen equilibrio entre una semi-apertura y un semi-cierre aumenta la negantropía y la organización.”
“En la geopolítica, a esto se le llama las fronteras y los principios westfalianos. En biología, es la piel, la membrana epidérmica, necesaria para la integridad del ser vivo. En la psicología o en la ecología, hablamos de límites identitarios y comportamentales a interiorizar para no desarrollar una patología. Hay pues que relanzar la idea de un «cierre positivo», lo que hará aullar a todos los liberales-libertarios que juran por la apertura completa a los cuatro vientos y nos ordenan abrirnos siempre más al mundo, al Otro, a los romaníes, a las minorías, a los capitales extranjeros, a la competencia”.
Dejamos esto aquí, ya que no queremos fomentar la idea de que los delirios de los transhumanistas constituyen un plan invencible al que no podremos oponernos. El proceso de “disolución” de algunas instituciones viejas se da por razones naturales también, sólo que es forzado a ir más allá para fines retorcidos. Aunque sea una expresión de deseo de cierta élite poderosa, ese mundo jamás se podrá convertir en algo real sin nuestro consentimiento. Incluso uno se pregunta si es realmente realizable un mundo organizado de esa manera tan caótica.
Sin querer rebajar el objeto de discusión, digamos de pasada que estas reflexiones pueden ayudar a explicar las aberraciones ideológicas locales subordinadas a esas corrientes de pensamiento. Por ejemplo el “anarco-capitalismo” de Milei, quien vocifera contra el wokismo para sacar tajada de la grieta con los K, pero en realidad no tiene proyecto cultural. Su discurso no es más que un revestimiento ideológico para justificar la entrega de la patria con más facilidad y menos vergüenza.
Su ideología difiere de la de la Escuela de Austria en puntos muy importantes, como el antimilitarismo y la no-intervención del Estado. Tampoco se asemeja a la filosofía de Juan Bautista Alberdi, ni siquiera el Alberdi de juventud. Alberdi, por ejemplo, sostenía que la dependencia de acreedores foráneos era el peor enemigo del desarrollo nacional.
El discurso de Milei no es más que una visión aggiornada del mismo discurso aperturista, antisoberano y de ajuste “neoliberal” que sostuvieron muchos de nuestros ,inistros de economía históricos: Alsogaray, Krieger Vasena, Martínez de Hoz, o Cavallo. Los cuales en sus épocas no hacían más que representar los intereses financieros de la city porteña. Ese discurso recibe hoy el influjo ideológico de Peter Thiel o Trump, y representa puramente sus intereses.-
Sobre epidemias, vacunas y el futuro
"Como lo pudiste constatar, nuestras investigaciones, son fundadas, independientes, con datos públicos y verificables y siempre sobre el poder real. Su producción lleva días, semanas, hasta meses de trabajo. Y son abordadas con la mayor honestidad, profesionalidad y rigurosidad periodística. Si está a tu alcance, podes colaborar con este periodismo libre, de calidad, sin injerencia de empresas o gobiernos"






