En el siglo XIX Alfred Nobel fue un gran fabricante de armas pesadas sueco, que en la tarea de hacerlas cada vez más eficaces y mortales, ideó la forma de estabilizar la nitroglicerina. Un explosivo de incontrolable potencia descubierto por el químico italiano Ascario Sobrero, que incluso le había quitado la vida a su hermano Emil Nobel.
Así patentó la dinamita o TNT, que consistía simplemente en mezclar la nitroglicerina con tierras de diatomeas u otro sucedáneos. Lo que hacía que para su detonación requiriera un detonador o fulminante, haciéndola así muy segura. Por lo que pasó a ser el explosivo estratégico hasta muy entrado el siglo XX, reemplazando a la antigua pólvora negra.
Con la cual se considera que ha masacrado a centenas de millones de humanos, muchos más que la energía atómica, y por eso ha sido calificado como “el invento más cruel de toda la historia de la humanidad”. A su vez las ganancias obtenidas de la fabricación de armas y explosivos, la familia Nobel las reinvirtió en la explotación del petróleo ruso en Baku. Siendo uno de los pioneros en esta actividad, que también es una de las grandes impulsoras de las guerras en el mundo.
Al morir Nobel, testó buena parte de su fortuna no a sus familiares, sino a la Fundación Nobel. Con el encargo -con espíritu escandinavo para evitar la rivalidad entre Suecia y Noruega- que Suecia otorgará premios Nobel a la ciencia y a la cultura, y que Noruega otorgara un premio Nobel por la Paz, a través de Comité Nobel Noruego. Destinados a “aquellos que hayan realizado el mayor beneficio a la humanidad” en las materias de Literatura, Medicina, Física, Química, y por la Paz. A los que luego en homenaje a Nobel, se agregó en 1968 el de Economía.
La espuria creación del Premio Nobel
La razón por la que el señor de los explosivos y las armas, que hizo una enorme fortuna con ellos, decidiera generosamente crear esos premios, antes de fallecer a fines del siglo XIX, radica en que por error un periódico francés publicó un obituario suyo, cuando falleció su hermano Ludvig, dedicado a la industria del petróleo. Ante el cual al leerlo Alfred quedó impactado por su título y contenido, que decían “El mercader de la muerte ha muerto” – El Dr. Alfred Nobel, quien se hizo rico al encontrar maneras de matar a más gente más rápido que nunca antes, murió ayer”.
En consecuencia, con una finalidad altamente egoísta, para que no ser recordado de esa oprobiosa manera, optó por lavar su imagen mediante la filantropía, instituyendo los Premios Nobel. Decisión en la que había pesado el consejo y la relación que tenía con la pacifista y novelista austríaca y premio Nobel de la Paz, Baronesa Bertha von Suttner.
Quién había trabajado brevemente como su secretaria, con la que habría mantenido una relación sentimental, y con quién siguió en contacto hasta el día de su muerte. Habiendo ordenado en su testamente que se le otorgara un premio Nobel de la Paz a ella, siendo así la primera mujer y el primer ciudadano austriaco en recibirlo.
Ese origen espurio del Premio Nobel, explica que se lo hayan dado por ejemplo, a Henry Kissinger, por la supuesta paz lograda con Vietnam. Guerra que EEUU escaló para poder llegar a una entente con Rusia, para poder pasar administrar el conflicto árabe, y así crear los petrodólares, con los que EEUU dominó al mundo. Sin mencionar su apoyo a los golpes de estado en Latinoamérica y otros países del mundo, su intervención en la creación del Plan Condor, y haber sido el impulsor de la Guerra de Malvinas de 1982.
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Y que apenas asumir, también se lo dieran a “Bombobama”, el presidente de EEUU que sucedió al guerrero unilateral George Bush (h), para pasar a guerrear multilateralmente sembrando el caos en Libia, Siria, Irak, Afganistán, Irak, Somalia, etc. Sin considerar la trama desarrollada durante su gobierno, a partir de la Plaza de Maidan y el incumplimiento de los Acuerdos de Minsk, para usar a Ucrania en una guerra de desgaste contra Rusia. En la cual los países que integran la OTAN están dispuestos a “luchar hasta el último ucraniano”.
O que además se hayan otorgados los premios con un clarísimo sesgo con olor a la alianza guerrera OTAN: en el 2023 a la opositora iraní Narges Mohammadi; en 2022 al opositor bielorruso Alés Bialiatski; en 2021 al opositor ruso Dmitri Murátov. Y en 2019 al primer ministro de Etiopía, teniente coronel, y ex jefe de inteligencia prooccidental y buchón de la CIA, Abiy Ahmed Ali. Quien un año después fue protagonista de una cruenta guerra civil. que ha derivado en reclamos en que se los despoje de dicho premio.
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Pero con el otorgamiento del mismo a la venezolana Corina Machado, a la par que el presidente de EEUU Trump comenzaba su asedio guerrero a Venezuela, la degradación del Premio Nobel parece haber llegado a su máxima expresión, superando incluso la del etíope Abiy Ahmed Ali.
Tanto en cuanto la oportunidad, como en relación con los antecedentes de la premiada, como los efectos futuros que puedan suceder en Venezuela, similares a los de Etiopía. Y por ello ha originado airados reclamos en la misma Noruega, con manifestaciones incluidas. Que han sido silenciadas por la prensa corporativa argentina, por parte de los cantelmi, capdevilas, corradinis, hadades, wizñakiz, kirschbaum, moralessola etc, con su visión infantil tipo “billiken” de las relaciones internacionales, a favor de EEUU e Israel.
Quienes respecto los descalificantes antecedentes de la premiada, podrían haberse enterados con solo consultar Wikipedia. Sin embargo, cayendo en la una burda cursilería, la presentan como la protagonista una gesta épica, para poder llegar a Estocolmo a recibir tardíamente su premio. Equiparándola a una Ulises moderna, concretando su odisea.
Al compás de los tambores de guerra trumpistas, que ínterin ha asesinado a más de 80 personas, bombardeando lanchas indefensas, con el empleo cobarde del altísimo poder letal de sus fuerzas armadas, con el cuento que portaban drogas, pero sin presentar prueba alguna de ello. Y ultimando a sus náufragos, violando todas las convenciones de guerra desde tiempos inmemoriales.
Y secuestrando buques petroleros, mostrando así cual es el interés que realmente mueve a los EEUU, al preservar sus alijos, pero no el de las lanchas hundidas, ni sus tripulantes asesinados. Bloqueando así a Venezuela por aire y por mar, lo que por si es una agresión y acto de guerra. Al mismo tiempo que, paradojalmente, daba a entender que el sobrevuelo de aviones de guerra caza F18 sobre territorio venezolano, era para proteger la salida de la Premio Nobel de la Paz Machado de allí.
Haciendo así un contradictorio combo de paz y guerra, que pone en evidencia la impostura del Premio Nobel europeo otorgado a Machado. Quien como para mancharlo aún más, además de dedicárselo a Trump, evidenciando la colusión con este; se encargó de manifestar públicamente su apoyo a lo que hizo el premier Benjamín Netanyahu en Gaza, quien está acusado de genocidio por parte de la CPI, Corte Penal Internacional, con sede en La Haya.
El prontuario de Machado
Machado fue nada menos que una de las 400 firmantes del decreto conocido como el Carmonazo, con el que se intentó en el 2002 derrocar al presidente venezolano Hugo Chávez. El que ya antes de perpetrarse, tenía el reconocimiento de EEUU y un crédito concedido por el FMI. Pero el tiro salió por la culata, porque en términos democráticos lo reafirmo aún más en el poder. Y la taimada explicación que dio Machado, que creía que se trataba de un libro de visitas y no de un decretazo, revela la irresponsabilidad con se conduce en relación sus actos.
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Luego vino el paro general empresario sindical, y los sabotajes a PDVSA del 2002/2003, donde Machado fue de las principales figuras que lo apoyaron. También una fue una de las grandes impulsoras del revocamiento del mandato de Chávez, en el 2004, que lo único que logró fue que se refirmara aún más democráticamente en su cargo.
En el 2005 mantuvo una entrevista con el presidente George Bush en la Casa Blanca, solicitando ayuda para derrocar al gobierno de Venezuela, con una intervención militar. Y tras la sospechosa muerte de Chávez en el 2013, con un súbito cáncer terminal similar al envenenamiento radiológico que sufrió el líder palestino Yaser Arafat en el 2004, fue una de las promotoras de las violentas guarimbas o piquetes del 2014 y 2017, que habrían espantado a Patricia Bullrich,.

A la par que requería en la OEA, una intervención militar multinacional en contra de su país para derrocar al sucesor de Chávez, Nicolás Maduro. Destacándose también como la gran promotora de las sanciones y embargos, que EEUU y la Unión Europea impusieron contra dicho país. Mientras que a través de una ONG recibía aportes del Fondo Nacional para la Democracia del Congreso de EEUU, para llevar adelante dichas campañas desestabilizadoras contra el gobierno chavista.
La obstinada injerencia de EEUU
A lo que se suma la guerra mediática por parte de la prensa corporativa prooccidental, que se puede apreciar con solo consultar las páginas de Clarín y La Nación. Que se dedicaban y dedican diariamente, desde hace décadas, a escrachar el gobierno venezolano como si se tratara de un alto objetivo de EEUU, con la misma asiduidad obsesiva que lo hacen respecto al kirchnerismo.
Lo cual lleva al interrogante, de cómo puede subsistir una república democrática ante esa tremenda y continuada presión injerencista externa. Lo que plantea el dilema de qué es peor, si el triunfo de ese obcecado injerencismo imperial, no precisamente en bienestar del país. O la deriva hacia un gobierno autocrático, como ha sucedido en Venezuela, Nicaragua y Cuba.
“No queremos andar con Venezuela, Nicaragua, Cuba e Irán”, es la cantinela que repiten los que empatizan con el actual gobierno argentino. Países que, casualmente, son los asediados por EEUU de mil y una formas, siendo en consecuencia esta potencia la responsable directa de sus fracasos. Ya sea por que estén en su patio trasero. O en Medio Oriente, que es casi lo mismo, al ser la fuente de los petrodólares.
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Ahora con el cubano estadounidense Marco Rubio como secretario de Estado, y con la venezolana y Premio Nobel de la Paz Corina Machado como mascarón de proa de sus portaaviones, EEUU se ha lanzado desembozadamente a la embestida final contra Venezuela. Volviendo así al tiempo, no de la diplomacia de las cañoneras, sino de los “Hermanos de la Costa”; con sede no en la isla de la Tortuga, sino en Washington. Que por eso en estos tiempos posmodernos, tiene un final impredecible.
El objetivo de ello se encargó de dejarlo en claro la misma Machado en el siguiente video, con su fluido inglés producto de haber sido educada en EEUU. Consistente en volver a incorporar a Venezuela como la “provincia petrolera” de EEUU, como lo era antes del advenimiento del chavismo.
Global Research, el 21 de octubre pasado, publicó un análisis respecto el otorgamiento del Nobel a Machado, efectuado por el filósofo filipino residente en Madrid, Ruel Pepa, con título, ¿Premio Nobel o Premio Político? El dilema moral tras la concesión del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado, al que seguidamente Stripteasedelpoder.com reproduce, en cuyas Conclusiones advierte:
“En el caso de María Corina Machado, el premio ha puesto de relieve una tensión profunda e inquietante: ¿estamos celebrando a quienes genuinamente construyen la paz mediante la reconciliación, el perdón y la sanación, o a quienes sus narrativas políticas coinciden con los intereses estratégicos de naciones poderosas?
Esta pregunta está en el centro de la controversia actual, y sus implicaciones van mucho más allá de Venezuela o del propio Comité Nobel. Nos obliga a confrontar la facilidad con la que el lenguaje de la paz puede ser apropiado, politizado y redefinido en un mundo donde el capital moral se utiliza cada vez más para obtener réditos políticos.
Si el Comité ha traicionado la intención original de Nobel, corre el riesgo de erosionar no solo su propia credibilidad, sino también la autoridad moral que permite al Premio Nobel de la Paz servir de modelo en tiempos de cinismo y conflicto. Sin embargo, si, en cambio, ha adaptado su visión a las complejidades de la era moderna, donde la opresión puede adoptar nuevas formas y la paz puede requerir nuevas formas de resistencia, esta decisión podría algún día considerarse un acto audaz, aunque controvertido, de evolución moral. Solo la historia, con la claridad de la distancia, puede emitir ese juicio.
Aun así, una verdad permanece clara: este episodio ha obligado al mundo a reexaminar el significado mismo de la paz. La paz no es una palabra que se use a la ligera, ni una bandera que ondee por conveniencia política. Es un pacto moral que exige honestidad, empatía y humildad de todos los que dicen actuar en su nombre. El Comité del Nobel, y de hecho la comunidad internacional, deben recordar que la paz sin integridad es solo una ilusión, y el reconocimiento sin sustancia moral corre el riesgo de socavar los mismos ideales que pretende celebrar.
En última instancia, el legado del Premio Nobel de la Paz 2025 dependerá de si genera división o reflexión. Si provoca una introspección genuina, es decir, un retorno a los principios fundamentales, al núcleo ético de la visión de Nobel, incluso la controversia podría tener un propósito constructivo. Pero si simplemente afianza la polarización y el cinismo, el Premio se habrá alejado peligrosamente de su fundamento moral. El mundo no necesita símbolos de paz al servicio del poder; necesita símbolos que le recuerden al poder su responsabilidad con la humanidad.”
¿Premio Nobel o Premio Político?
El dilema moral tras la concesión del Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado
La reciente decisión del Comité Noruego del Nobel de otorgar el Premio Nobel de la Paz 2025 a María Corina Machado [1] ha desatado una ola de reacciones a nivel mundial, desde elogios apasionados hasta duras condenas. Para muchos, la elección simboliza esperanza: un reconocimiento a la valentía frente al autoritarismo y una reafirmación de la lucha por la democracia en Venezuela.
Sin embargo, para otros, representa una preocupante politización de uno de los galardones más prestigiosos del mundo, lo que plantea incómodas preguntas sobre la parcialidad, la influencia occidental y la propia definición de paz.
En un mundo ya fracturado por profundas divisiones ideológicas, esta decisión toca una fibra sensible. La actual crisis política venezolana, marcada por años de represión, colapso económico y sufrimiento humanitario, no es nada sencilla. Para algunos, premiar a Machado, una figura prominente de la oposición, es un acto de claridad moral que reconoce su firme defensa de los principios democráticos. Para otros, corre el riesgo de transformar el Premio de la Paz en una declaración geopolítica en lugar de un reconocimiento a la reconciliación y la armonía.
En última instancia, el debate nos obliga a afrontar una pregunta fundamental: ¿qué significa realmente promover la paz en una época en la que la verdad, la justicia y la democracia se cuestionan? ¿Es la paz simplemente la ausencia de guerra o incluye la búsqueda incesante de la libertad frente a la opresión? La decisión del Comité Nobel, independientemente de la postura, ha reavivado un debate global crucial sobre el propósito y el poder del reconocimiento moral en un mundo dividido.
La justificación oficial y la lógica del Comité
En su declaración oficial, el Comité Noruego del Nobel afirmó que María Corina Machado encarna la esencia de la visión original de Alfred Nobel para el Premio de la Paz al promover la fraternidad entre las naciones, promover el desarme y fomentar la cooperación política en beneficio de la humanidad. Según el Comité, el liderazgo de Machado en la unión de las fuerzas democráticas fragmentadas dentro de la oposición venezolana, su resistencia a la militarización de la vida cívica y su constante defensa de una transición pacífica y negociada a la democracia demuestran colectivamente un profundo compromiso con el cambio no violento.
El lenguaje del Comité fue notablemente evocador. Describió a Machado como un «valiente y comprometido defensor de la paz que mantiene viva la llama de la democracia en medio de una creciente oscuridad». [2] Esta retórica enmarcó el premio no solo como un reconocimiento a una figura política, sino como un acto simbólico que afirma la valentía moral y la resistencia democrática en una nación sumida en la represión política y la desesperación económica.
Las instituciones internacionales y las organizaciones de derechos humanos se hicieron eco rápidamente de este sentimiento. La Oficina de Derechos Humanos de las Naciones Unidas elogió la decisión como una validación de la lucha del pueblo venezolano por unas elecciones libres y justas, así como un gesto de solidaridad con las víctimas del régimen de Nicolás Maduro. Varios líderes y grupos de defensa europeos interpretaron el premio de forma similar como un respaldo moral a la resistencia cívica contra el autoritarismo y un recordatorio de que la democracia misma puede ser un instrumento de paz.
Sin embargo, a pesar de la elocuencia de estas justificaciones, la controversia persiste. Los críticos argumentan que la decisión refleja una interpretación selectiva, incluso politizada, de la intención del Nobel, que corre el riesgo de transformar el Premio de la Paz en una herramienta de alineamiento ideológico en lugar de un modelo de principios universales. Para sus detractores, la lógica del Comité parece centrarse menos en la promoción de la paz mediante la reconciliación, y más en recompensar la resistencia a regímenes considerados ilegítimos por las potencias occidentales.
Esta tensión subraya una pregunta filosófica más profunda: ¿Puede la oposición política, por justificada que sea, equipararse con la búsqueda de la paz? Al honrar a una figura tan profundamente arraigada en una lucha nacional tan polarizada, el Comité Nobel podría haber difuminado la frontera entre la defensa moral y el partidismo político. Al hacerlo, reaviva el antiguo debate sobre si el Premio Nobel de la Paz aún encarna la integridad moral imparcial que Alfred Nobel imaginó o si, en las complejidades del mundo moderno, se ha convertido inevitablemente en un reflejo de narrativas geopolíticas.
Duras críticas: ¿un premio incompatible con la “paz”?
Para muchos observadores, la decisión de otorgar el Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado representa una profunda ruptura con el ethos histórico del Premio, que encarna una tradición destinada a honrar a quienes han contribuido tangiblemente a la prevención de conflictos, el fomento de la reconciliación y la promoción de la coexistencia pacífica entre pueblos y naciones. Los críticos sostienen que, en este caso, el Comité Nobel ha premiado no a una pacificadora, sino a una figura política polarizadora cuyos métodos y retórica a menudo parecen antitéticos a los ideales del diálogo y la armonía.
Las objeciones se agrupan en torno a tres puntos principales:
- Acusaciones de sedición y apoyo a medidas hostiles
Desde la perspectiva del gobierno venezolano y sus aliados internacionales, Machado ha encarnado durante mucho tiempo la imagen de una insurgente más que de una conciliadora. La acusan de incitar disturbios, conspirar para socavar las instituciones estatales y colaborar con potencias extranjeras para desestabilizar el país. En esta narrativa, se la presenta no como una víctima de la represión, sino como un artífice de la confrontación, equivalente a una estratega política cuyo objetivo final es un cambio de régimen, independientemente de los costos sociales o humanitarios.
Estas acusaciones se han visto reforzadas por varias declaraciones controvertidas atribuidas a Machado. Diversos informes destacan su solidaridad con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu [3], y su respaldo a posturas internacionales firmes contra el gobierno venezolano, supuestamente justificadas por lo que ella denominó «intereses compartidos frente a amenazas comunes».
Para sus detractores, estas declaraciones no revelan un compromiso con la no violencia, sino una disposición a buscar la intervención externa y legitimar medidas coercitivas, como sanciones o aislamiento político. En su opinión, estas posturas contrastan marcadamente con el espíritu de la consolidación de la paz, que busca superar las divisiones en lugar de profundizarlas.
- Redefiniendo el concepto de “paz”
Una segunda línea de crítica se centra en la redefinición —o quizás, distorsión sería el término más apropiado— del concepto mismo de paz. Los detractores argumentan que el Comité del Nobel ha forzado el marco moral del legado de Alfred Nobel hasta hacerlo irreconocible, transformando la «paz» del arte de la reconciliación en un respaldo retórico a la resistencia política. Argumentan que otorgar el Premio a una figura acusada de fomentar sanciones punitivas, disturbios públicos o intervención extranjera contradice la comprensión clásica de la paz como la resolución de disputas mediante el diálogo, la diplomacia y el reconocimiento mutuo.
Un editorial de CodePink [4], una organización por la paz con sede en Estados Unidos, resumió este sentimiento con sorprendente franqueza: “Cuando María Corina Machado gana el Premio Nobel de la Paz, la ‘paz’ pierde su significado.”
Para estos críticos, el premio 2025 no representa una celebración del pacifismo, sino una redefinición del conflicto como valentía, lo cual indica que el Comité ha comenzado a confundir la oposición política con la defensa de la paz. Lo que antes era una brújula moral, sugieren, ahora apunta no a la reconciliación, sino a la alineación ideológica con la democracia liberal occidental, independientemente de sus consecuencias para la soberanía nacional o la estabilidad social.
- Influencia geopolítica e instrumentalización política
Tras estas objeciones inmediatas se esconde una crítica más amplia e inquietante: que el Premio Nobel de la Paz se ha convertido en un instrumento de poder blando, que sirve para impulsar las narrativas geopolíticas occidentales bajo la apariencia de un juicio moral universal. Desde esta perspectiva, honrar a Machado tiene menos que ver con la reconciliación interna de Venezuela y más con recompensar la alineación política con los valores democráticos defendidos por Estados Unidos y Europa.
Estas interpretaciones evocan controversias anteriores, como los premios a Liu Xiaobo (2010) y a Alexei Navalny (póstumamente en 2024), que suscitaron debates similares sobre si el Comité Nobel participaba en un reconocimiento moral o en una señal política. En esta interpretación, el Premio ya no funciona como un faro moral neutral, sino como un gesto diplomático que legitima a actores específicos dentro de luchas ideológicas más amplias.
Para los críticos, entonces, el Premio de la Paz 2025 personifica una evolución preocupante: la transformación de un ideal otrora universal en un instrumento geopolítico, donde la “paz” se vuelve sinónimo de alineación con un orden mundial específico en lugar de la búsqueda de la reconciliación entre adversarios.
¿Qué pensaría Alfred Nobel?
Para evaluar adecuadamente la controversia en torno al Premio Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado, es fundamental remontarse a la fuente, tal como la concibió el propio Alfred Nobel. En su testamento, Nobel fue inequívoco al articular el propósito del Premio de la Paz: se otorgaría a «la persona que haya realizado la mayor o mejor labor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos permanentes y la celebración y promoción de congresos de paz». [5] Esta redacción revela una clara intención que no es simplemente honrar la valentía moral o la convicción política, sino reconocer contribuciones concretas y prácticas a la prevención de la guerra y al cultivo de la armonía entre los pueblos.
Desde esta perspectiva, cabe preguntarse: ¿habría respaldado Nobel honrar a una figura profundamente inmersa en la lucha política interna de su país y que, según sus detractores, se alinea con potencias extranjeras para promover su causa? Para muchos observadores, la respuesta sería un rotundo no. Nobel, un inventor atormentado por el potencial destructivo de su propia creación, buscó promover el desarme, el diálogo y la cooperación internacional.
La idea de celebrar a una líder política en confrontación con su propio gobierno, independientemente de lo justificada que parezca su oposición, parece muy alejada de ese espíritu pacifista original. De hecho, los críticos han llegado a sugerir que Nobel se estaría revolviendo en su tumba, consternado al ver cómo su legado ha sido reconfigurado para ajustarse a las narrativas políticas modernas en lugar de a los principios morales universales.
Sin embargo, la cuestión no es del todo unilateral. La historia y la filosofía moral rara vez se detienen. Se podría argumentar plausiblemente que la concepción de la paz de Nobel debe evolucionar con los tiempos, de modo que en un siglo definido menos por la guerra abierta y más por el autoritarismo, la represión y los abusos de los derechos humanos, la paz ya no signifique únicamente la ausencia de conflicto armado.
Según esta lógica, quienes resisten de forma no violenta la tiranía, defienden las libertades civiles y defienden los ideales democráticos podrían ser vistos como quienes trabajan por una forma más duradera de paz, arraigada en la justicia y la dignidad humana. Bajo esta interpretación, la condecoración de Machado podría verse como una afirmación simbólica de la resistencia moral, más que como un respaldo a la confrontación.
Sin embargo, este argumento enfrenta una limitación crítica. Si bien los defensores de Machado enfatizan su valentía y firmeza, hay poca evidencia de reconciliación o de construcción de puentes en su trayectoria política. Su discurso ha sido a menudo combativo, sus alianzas profundamente polarizadas y sus estrategias principalmente opositoras. La paz, en el sentido de Nobel, requiere no solo la valentía para resistir la injusticia, sino también la voluntad de superar las divisiones y fomentar el diálogo, cualidades que, al menos hasta ahora, no han caracterizado de forma destacada su enfoque.
En definitiva, la cuestión de qué pensaría Alfred Nobel es menos una especulación que un reflejo del significado cambiante de la paz misma. Si la paz se redefine como resistencia a la tiranía, la decisión del Comité encuentra justificación. Pero si se mantiene, como pretendía Nobel, como un compromiso con la fraternidad, el desarme y la reconciliación, el premio de 2025 marca una preocupante desviación de ese ideal.
Consecuencias: indignación, legitimidad y el futuro del Premio Nobel
La decisión de otorgar el Premio Nobel de la Paz 2025 a María Corina Machado no pasará inadvertida en los anales de la historia. Más bien, representa un momento de reflexión para el Comité Nobel, cuyas decisiones han moldeado durante mucho tiempo la mentalidad moral mundial. La selección de este año podría resultar más que una simple controversia; podría marcar un punto de inflexión en la percepción que la comunidad internacional tiene del significado, la integridad y el propósito del Premio.
Las reacciones inmediatas de indignación, incredulidad y división sugieren que las consecuencias se extenderán mucho más allá de las fronteras de Venezuela, afectando la credibilidad misma de la institución del Nobel.
- Pérdida de legitimidad
Quizás la consecuencia más grave sea la posible erosión de la legitimidad moral del Premio Nobel de la Paz. Durante más de un siglo, el Premio se ha considerado un símbolo casi sagrado de la conciencia, es decir, un reconocimiento de que la paz, incluso frágil, sigue siendo la mayor aspiración de la humanidad. Sin embargo, muchos consideran ahora la decisión de este año como una prueba de que el Comité ha abandonado su tradicional imparcialidad y ha cedido a motivaciones políticas.
Si el Premio Nobel de la Paz se percibe cada vez más no como un juicio moral universal, sino como un respaldo simbólico a agendas políticas específicas, su autoridad podría debilitarse. Cuanto más se vea el Premio enredado en alineamientos geopolíticos, menos podrá afirmar estar por encima de ellos. En este sentido, la controversia en torno al premio de Machado no se limita a un solo galardonado, sino también a si el Premio Nobel de la Paz puede seguir funcionando como una brújula moral creíble en un mundo saturado de conflictos ideológicos.
- Polarización global
La segunda consecuencia es una probable profundización de la polarización internacional. El Premio Nobel de la Paz siempre ha tenido resonancia global, pero cuando parece premiar a un bando en una controvertida lucha política, corre el riesgo de amplificar las divisiones en lugar de sanarlas. Los partidarios de Machado celebrarán el premio como una victoria moral para la democracia y los derechos humanos; sus oponentes lo denunciarán como otro ejemplo de la injerencia occidental en los asuntos del Sur Global.
En este contexto, el Premio deja de ser un gesto moral unificador para convertirse en un arma ideológica, utilizada en debates globales sobre legitimidad, soberanía y justicia. Por lo tanto, futuros premios podrían interpretarse menos desde una perspectiva ética y más desde una perspectiva política, no como un reconocimiento de la paz, sino como una confirmación de la alineación con bloques o narrativas de poder particulares.
- Incentivos distorsionados
Un resultado más sutil, pero igualmente preocupante, reside en la creación de incentivos distorsionados para futuros actores políticos. Si se premia a figuras que participan en la confrontación o en movimientos de oposición como «campeones de la paz», otros podrían llegar a ver la lucha política y la provocación como vías para el reconocimiento internacional. Paradójicamente, esta dinámica podría premiar la rebeldía por encima del diálogo, y la visibilidad por encima de la reconciliación genuina.
En lugar de inspirar la diplomacia o el compromiso, el Premio podría comenzar a valorizar el drama político al recompensar a quienes atraen la atención mundial, incluso mediante la confrontación, en lugar de a quienes trabajan discretamente para superar las divisiones. Este cambio marcaría una profunda desviación de la función original del Premio: celebrar la consolidación constructiva de la paz y la valentía moral basada en la moderación.
- Desconfianza pública y decadencia institucional
Finalmente, la controversia podría acelerar una crisis más amplia de confianza en las instituciones morales e internacionales. Una vez que una institución de conciencia se percibe como politizada, su credibilidad se vuelve extremadamente difícil de restaurar. El aura de imparcialidad que antaño rodeaba al Premio Nobel de la Paz, con la creencia de que trascendía la ideología y hablaba a la conciencia compartida de la humanidad, podría verse permanentemente empañada.
Los futuros galardonados pueden encontrar su reconocimiento eclipsado por la sospecha: no por “¿Qué logró esta persona?”, sino por “¿A qué intereses sirve este premio?”. Ese cinismo, una vez arraigado, socava no solo al Comité Nobel, sino también la idea misma de que el reconocimiento moral puede existir fuera de la política.
Si la reacción global a la decisión de este año sirve de indicio, muchos en todo el mundo consideran que el Premio Nobel de la Paz, como símbolo sagrado, se ha visto comprometido, y que su pureza moral se ha visto diluida por el partidismo y el cálculo geopolítico. Que el Comité pueda recuperar su credibilidad en los próximos años dependerá no solo de las decisiones que tome, sino también de su voluntad de reafirmar los ideales universales y apolíticos que Alfred Nobel imaginó hace más de un siglo.
Conclusión: Entre el símbolo y la sustancia
El Premio Nobel de la Paz siempre se ha situado en la delicada intersección entre el símbolo y la sustancia, es decir, entre la aspiración moral y las confusas realidades de la política global. Para perdurar como uno de los máximos honores de la humanidad, debe seguir siendo más que un galardón ceremonial o un trofeo geopolítico. Debe seguir encarnando la integridad moral, la universalidad y la valentía ética que Alfred Nobel imaginó cuando buscó honrar a quienes construyen puentes en lugar de destruirlos.
En el caso de María Corina Machado, el premio ha puesto de relieve una tensión profunda e inquietante: ¿estamos celebrando a quienes genuinamente construyen la paz mediante la reconciliación, el perdón y la sanación, o a quienes sus narrativas políticas coinciden con los intereses estratégicos de naciones poderosas? Esta pregunta está en el centro de la controversia actual, y sus implicaciones van mucho más allá de Venezuela o del propio Comité Nobel. Nos obliga a confrontar la facilidad con la que el lenguaje de la paz puede ser apropiado, politizado y redefinido en un mundo donde el capital moral se utiliza cada vez más para obtener réditos políticos.
Si el Comité ha traicionado la intención original de Nobel, corre el riesgo de erosionar no solo su propia credibilidad, sino también la autoridad moral que permite al Premio Nobel de la Paz servir de modelo en tiempos de cinismo y conflicto. Sin embargo, si, en cambio, ha adaptado su visión a las complejidades de la era moderna, donde la opresión puede adoptar nuevas formas y la paz puede requerir nuevas formas de resistencia, esta decisión podría algún día considerarse un acto audaz, aunque controvertido, de evolución moral. Solo la historia, con la claridad de la distancia, puede emitir ese juicio.
Aun así, una verdad permanece clara: este episodio ha obligado al mundo a reexaminar el significado mismo de la paz. La paz no es una palabra que se use a la ligera, ni una bandera que ondee por conveniencia política. Es un pacto moral que exige honestidad, empatía y humildad de todos los que dicen actuar en su nombre. El Comité del Nobel, y de hecho la comunidad internacional, deben recordar que la paz sin integridad es solo una ilusión, y el reconocimiento sin sustancia moral corre el riesgo de socavar los mismos ideales que pretende celebrar.
En última instancia, el legado del Premio Nobel de la Paz 2025 dependerá de si genera división o reflexión. Si provoca una introspección genuina, es decir, un retorno a los principios fundamentales, al núcleo ético de la visión de Nobel, incluso la controversia podría tener un propósito constructivo. Pero si simplemente afianza la polarización y el cinismo, el Premio se habrá alejado peligrosamente de su fundamento moral. El mundo no necesita símbolos de paz al servicio del poder; necesita símbolos que le recuerden al poder su responsabilidad con la humanidad.
El Prof. Ruel F. Pepa es un filósofo filipino residente en Madrid, España. Académico jubilado (Profesor Asociado IV), impartió clases de Filosofía y Ciencias Sociales durante más de quince años en la Universidad Trinity de Asia, una universidad anglicana de Filipinas. Es Investigador Asociado del Centro de Investigación sobre la Globalización (CRG).
Notas
[1] Premio Nobel de la Paz 2025 – Comunicado de prensa – NobelPrize.org
[3] María Corina Machado pide una intervención militar de Netanyahu
[5] Acerca del Premio Nobel de la Paz – Premio Nobel de la Paz
La imagen destacada es de Niklas Elmehed © Nobel Prize Outreach / Fuente





