Historiador y politólogo cordobés radicado en Río Grande do Sul, Hernán Ramírez analizó en exclusiva para Striptease del Poder el devenir brasilero, no solo afectado por el Covid 19 sino también por las contradicciones internas del gobierno de Jair Bolsonaro y un proyecto político desbordado por las intervenciones palaciegas y una estructura social que naturaliza un escaso valor por la vida.

Por Guillermo Posada @cortodemira

“Como contexto tenemos que decir que toda sociedad reacciona en base a una experiencia previa. Ese es un punto interesante para entender lo que pasa en Brasil en esta pandemia, diferente a lo que sucede en otros países. Las experiencias pueden compartirse pero son bastante particulares. Es cierto que Bolsonaro copia mucho de Trump pero la base de su comportamiento es previa y está condicionada por una estructura social determinada: 12 millones de desocupados y casi el 50% de las personas están  en la informalidad. O sea, bastante más que Argentina”, arranca Hernán Ramírez durante una entrevista realizada la semana pasada, vía streaming.

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En la semana que recrudeció la pelea entre el presidente Jair Bolsonaro y su ministro de Salud,  Luiz Henrique Mandetta, por la implementación de la cuarentena estricta o no, Ramírez habló desde su casa de Porto Alegre, donde vive hace años dando clases en diversas universidades, después de haberse formado en la Escuela de Historia de la UNC.

Publicó en 2000 uno de los primeros y más respetados textos analíticos sobre las corporaciones económicas en Córdoba, titulado ‘La Fundación Mediterránea y de cómo construir poder, la génesis de un proyecto económico’, trabajo que después amplió con una mirada sobre el caso brasilero con ‘Corporaciones en el poder. Estrategias para conquistar el Estado en Argentina y Brasil’, donde además de la local Mediterránea, abordó los casos de FIEL, de Buenos Aires, e IPES, de San pablo y Río de Janeiro, think tanks financiados por la principales empresas de ambas naciones para diseminar los criterios neoliberales en la discusión pública.

Se especializó en Brasil en centros de estudio como el Instituto Universitario de Investigación de Rio de Janeiro y es investigador actualmente el Consejo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico, además de ser profesor de Historia de América en Unisinos (universidad jesuítica de Rio Grande du Sul) y dictar clases actualmente en la UNC y en diversas universidades de Chile y Brasil. Es doctor en historia por la  Universidad Federal de Rio Grande do Sul y magister en partidos políticos por la UNC.

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Hernán Ramírez

Su mirada sobre la realidad del principal socio comercial argentino es necesaria para comprender que la crisis del coronavirus en Brasil no es solo sanitaria y económica, sino también de índole cultural y política, atravesada por un cuadro social tremendo.

Por caso al describir las herramientas que tiene el gobierno de Brasilia para paliar los efectos de la pandemia, Ramírez señala que “el Estado brasilero tiene un desafío operativo enorme para llegar a la base de la población con ayudas económicas, pero el problema va más allá. Porque incluso no lo quieren hacer. El ministro de Economía Paulo Guedes es un hombre pro-mercado, partidario de la necropolítica: le interesa poco la vida de las personas sino que la economía funcione”.

El concepto ‘necropolítica’ incluye la decisión arbitraria sobre la vida y la muerte en las sociedades contemporáneas en función de valores que no reconocen la igualdad entre las personas. En Brasil este discurso que llegó a lo más alto del poder pareciera estar hoy más que extendido.

“Así se manifiestan grandes empresarios, algunos dueños de grupos mediáticos, todos con el discurso ‘dejemos morir a los viejos’. Lo dicen sin tapujos, lo ponen en las redes. Hay pocos empresarios que operan socialmente, son la excepción”, reseña y lo relaciona con la política que impulsa Bolsonaro, a pesar incluso de parte de su gobierno y de los sectores de mando del Ejército.

“Hay que entender –afirma- que el proyecto de Bolsonaro es de destrucción, no de construcción. Por eso atacan sistemáticamente las conquistas y derechos de los trabajadores, de los jubilados. Y tiene pocos elementos para crear. Siempre se movió en los márgenes de la cultura del odio y el enfrentamiento. En 28 años de vida política y parlamentaria Bolsonaro solo presentó dos proyectos de ley. ¿Cómo pudo suceder que un dirigente así llegue a Presidente? Entre otras cosas porque Brasil no es una república en su totalidad, todavía es una especie de imperio con una vida organizada como si existiese una corte”.

¿Cómo llega ahora esa construcción de poder a la crisis interna donde los militares difunden la versión de que Bolsonaro ejercerá el poder de manera decorativa?

Bolsonaro sube a la presidencia como consecuencia de una alianza estratégica entre el capital, los militares, el ala religiosa evangelista, y los políticos conservadores de derecha y de centro. Ahora esa alianza tiene una división porque un ala –sobre todo los militares de jerarquía y los políticos conservadores- decidió no seguir la acción de Bolsonaro y enfrentar la enfermedad más rigurosamente.

Hace tres semanas (por la semana pasada, NdR) que tenemos un gobierno esquizofrénico, dividido públicamente entre la llamada ‘ala ideológica’ de Bolsonaro y sus hijos, sosteniendo el negacionismo de la enfermedad y utilizando todas las herramientas políticas dentro del Estado a su alcance, sumado al llamado ‘gabinete del odio’ que es una especie de call center desde donde atacan todos los días a las figuras que se le oponen.

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Hay que tener en claro que el de Bolsonaro no es un proyecto personal. Esta alianza heterogénea tuvo por objetivo llegar al poder. Eso no se mantuvo en el tiempo porque los intereses están enfrentados. Eso quedó más evidente en este momento. Los componentes contrarios a Bolsonaro, como el ala judicial que encabeza el juez Moro (que metió preso a Lula y es ministro de Justicia actualmente), o los propios militares, quieren salvar su prestigio y no van a inmolarse por Bolsonaro, sabiendo que la pandemia lleva al Presidente a la inmolación directa.

¿Entonces Bolsonaro está dando pelea para no ser desplazado? ¿Quiénes más lo apoyan? 

El Presidente tiene grupos poderosos que aún lo apoyan, como los fanáticos de la derecha que imaginan que están peleando la guerra fría contra el comunismo, los fanáticos del mercado que quieren que la economía funcione a toda costa –sobre todo aquellos que basan su actividad en la especulación y la toma de deuda, que ahora con la caída de los títulos se le vino el futuro abajo- y los fanáticos religiosos, que oscilan entre un 20-25% de la sociedad. Estos grupos mesiánicos ya tienen presencia estructural en Brasil y es muy difícil sacarlos de las ideas preconcebidas que tienen. Por eso convocan a jornadas de oraciones, pidiendo a los fieles que recen frente a una pared como si estuvieran ante el Muro de los Lamentos, mientras no cumplen la cuarentena y andan despreocupadamente sin cuidar el contacto con las personas a riesgo de enfermarse.

¿Cómo llega Brasil a dar lugar en la actualidad ese tipo de discurso?

Es el hecho que la población se escolarizó recién a fines del siglo XX. Lo que la generación del ’80 realizó en Argentina, metiendo a la gente en la escuela, recién vino a suceder con la presidencia de Fernando Henrique Cardoso. Por eso hay un problema cultural terrible. La gente no sabe lo mínimo: qué es una pandemia, donde están Italia o EEUU, no saben interpretar que es una curva (epidemiológica), no tienen dominio de cosas elementales.

Ese es un problema. Por eso creo que aquí va a imperar la filosofía de lo concreto. Recién se van a dar cuenta que es una enfermedad incontrolable cuando comiencen a contar vidas en sus barrios, en sus familias. Por ahora es algo abstracto. Pero es una cuestión de tiempo que Brasil escale en el ranking mundial de enfermos y fallecidos. Cuando se empiecen a contar los muertos tapados estadísticamente se verá la dimensión real de la pandemia aquí.

¿Cómo reaccionaron los gobernadores ante la negativa de Bolsonaro a llevar adelante la cuarentena?

Acá hubo un golpe blando que nos puso actualmente bajo una regencia tratando a Bolsonaro como si fuera un rey loco. Eso tranquilizó el clima pero hubo mucha tensión por el susto de los gobernadores, alarmados por el crecimiento de la enfermedad en sus estados. Uno de los problemas políticos que originaron esta situación, y que da complejidad al cuadro, es que los estados de la federación han tenido que enfrentar prácticamente solos la crisis.

Por eso hubo una rebelión interna de los gobernadores, que no tratan con Bolsonaro sino con el vicepresidente General Hamilton Mourão y con los poderes constituidos, como el Tribunal Superior. Algunos de ellos salieron a cruzar a Bolsonaro también por motivos políticos, como el de San Pablo o el de Río de Janeiro, que se ilusionan con candidatearse en las próximas presidenciales.

Pero otros muy apegados a la figura del actual presidente que también salieron a diferenciarse, obedeciendo al comando paralelo. Bolsonaro los presionaba con el cobro de la deuda que los estados tienen con la Federación, la Corte le bloqueo esa política, permitiendo que puedan diferenciarse e implementar las cuarentenas.

Ahora Bolsonaro está limitado en su capacidad de daño, pero genera mucho ruido en su actividad pública, con su polémica con el ministro de Salud, por ejemplo, que no quiere renunciar. Mientras el éxito del caso argentino demuestra la necesidad de una sinergia entre los actores que intervienen de alguna u otra forma en la realidad atravesada por la pandemia –más allá de los que impulsaron los cacelorazos y que son los que nunca quieren perder–, acá sucede lo contrario.

En ese sentido, hay un criterio equivocado que califica a la burguesía brasilera de nacionalista y creativa. Nada de eso, en buena medida es una burguesía predadora de recursos naturales y recursos humanos. Basta decir que Brasil tiene la mayor concentración de renta de Latinoamérica, y de las mayores del mundo, y esto aflora ahora, es un elemento cultural que también diferencia a Brasil de Argentina, México o Chile.

¿Cómo aparece la figura de Lula en el contexto de la crisis? ¿Tiene posibilidades se ofrecerse como un recambio en esta coyuntura? ¿El PT se está recuperando del golpe a Dilma y a derrota electoral con Bolsonaro?

Estamos esperando que la Corte Suprema resuelva sobre la nulidad de los juicios del juez Moro y por el tribunal federal regional de Porto Alegre, que tiene jurisdicción en los estados del sur. Depende también de lo que decidan los militares que actualmente tienen poder de veto. De todas formas el PT tiene el déficit de figuras ejecutivas de peso, no hay grandes gobernadores de estado.

Los que están capitalizando políticamente la lucha contra la pandemia son los gobernadores de centro derecha de San Pablo y Río, que tienen el apoyo de la prensa comercial. La fuerza del PT está en el noreste, pero allí la figura más destacada es Flavio Dino, un gobernador de izquierda del estado de Marañon que va por su segundo mandato. Dino no pertenece al partido de Lula sino al PCdoB, un desprendimiento del Partido Comunista en la década del 60, y posiblemente sea el candidato izquierdista en las próximas presidenciales. El problema que tiene es que salvo en el norte no es muy conocido. En todo caso el PT integrará ese espacio.

En el marco de la pandemia, son las figuras ejecutivas las que ganan o pierden peso político. Lula no aparece entre los emergentes pero si logra revertir los juicios puede cambiar el panorama. La lucha política aún está abierta y tal vez deba resolverse en breve.

La economía

Para tener referencias comparativas respecto a cómo está soportando la economía brasilera el impacto de la pandemia, aun con la pretensión de mantener la actividad económica que hegemoniza el pensamiento de las elites de Brasil, vale señalar como contexto que el gobierno federal tiene hasta el momento equilibradas sus cuentas y el Banco Central conserva reservas muy grandes que quedaron de la gestión de Lula, alrededor de 380 mil millones de dólares.

“Es una situación distinta a la argentina. Además es poca la deuda externa. El problema no es fiscal, aunque se empiece a notar por el parate de la actividad”, afirma Ramírez. Para el intelectual “lo que sucede acá es que las cabezas económicas están formateadas en la Escuela de Chicago, por la escuela del Chile de los ’70. Son ellos quienes no destraban, no les sale de la cabeza que en este momento tienen que aflojar con el déficit fiscal. Inclusive durante el gobierno de Temer pusieron un límite legal al déficit que ahora la Corte levantó por motivos de fuerza mayor.  Pero acá no hay posiciones neokeynesianas dentro del gobierno”.

No hay margen para un cambio en esas políticas a pesar de la pandemia, que implica una caída mundial de la demanda.

Solo algunos pocos grupos industriales que se benefician de los subsidios se están acercando a posiciones de protección y la Federación de Industria del Estado de San Pablo (Fiesp) evalúa un cambió keynesiano. Que haya un atisbo de cambio no es poco en un país donde estas políticas eran un tabú hasta ayer. Pero mayoritariamente Brasil es el último reducto de la ortodoxia neoliberal.

Es cierto que hay variables económicas muy caídas, la bolsa se desplomó el 50%. Si bien el valor de las acciones estaba inflado, la caída es enorme. A su vez, el mercado interno está deprimido por la baja del consumo, cae también el sector servicios, la economía real, la de los fierros, están sintiendo el impacto.

¿Cómo es el impacto en el sector informal?

La informalidad de la economía es del 50% lo que muestra el estado de anomia de Brasil. El transporte, por ejemplo está muy precarizado por la presencia de Uber. Antes de la crisis Uber ya se había transformado en el principal empleador del país, más que el Estado. La uberización estuvo subsidiada por el Estado: si las empresas alquilaban vehículos gozaban de exenciones impositivas. También están los grandes tiburones del mercado, que tienen miles de autos para alquilar. Con la cuarentena ese sistema está paralizado y la gente no factura.

Se da la paradoja que el Congreso sacó una ayuda social de 600 reales por ciudadano, que aumentó los 200 que se proponía realizar Bolsonaro, pero el propio gobierno federal dificulta que ese beneficio se haga efectivo. Lo quieren distribuir por medio de una aplicación de internet, la estructura del Estado no da para resolver rápidamente porque mucha gente no está registrada de ninguna forma en los padrones estatales, no hay como hacer llegar esa ayuda de forma sistemática.

Por otro lado, Bolsonaro también juega a que, apremiada por el hambre, la gente exija la reapertura las actividades para buscar algo que comer, presionando el levantamiento de la pandemia. La necesidad de la gente utilizada para beneficiar la economía por sobre la salud.

¿Cómo presionan los sectores más pobres para que la ayuda estatal se haga efectiva?

Esos sectores postergados no tienen representación política ni capacidad de presión, en Brasil no existe un movimiento piquetero. Están los Sin Techo, pero es un sector marginal a pesar que en las últimas elecciones presentaron un candidato a Presidente.

No hay quien vehiculice la acción del Estado en esos sectores y por eso se genera un cuello de botella. Con Lula el Estado había entrado a las favelas pero eso se perdió. Ahora son territorio de narcos y milicias, inclusive son ellos los que se colocan al frente de iniciativas de contención en los territorios que dominan.

La relación con China y el posible impacto en Argentina

Para todo el hemisferio la relación con China  es motivo de análisis permanente por su puja con EEUU, hegemónico en la región, tanto en relación a las inversiones que impulse Beijín como por la demanda de materias primas, que es la base fundamental de ingreso de divisas para países como Brasil.

En tal sentido, Ramírez da cuenta que la relación entre China y Brasil no pasa por el mejor momento desde que Bolsonaro y su círculo cercano asumieron el poder en Brasilia.

“El hijo de Bolsonaro y el ministro de Educación salieron con twists donde criticaron a China por la pandemia y, encima, difundieron noticias falsas. Al igual que EEUU se dedicaron a estigmatizarla, pero la relación de China con los norteamericanos no es la misma que la brasilera y aquí los chinos fueron bastante más enérgicos en desmentir las acusaciones, amenazando con sanciones económicas, aunque no se vayan a concretar. De hecho, los dirigentes chinos ya tratan con el gobierno paralelo para no aumentar la escalada.

Inclusive ya se observan consecuencias concretas, como gran player internacional, China ya adelantó que bajan las compras de soja y buscará en el mercado de EEUU. Sospecho que Argentina también se va a beneficiar con esta posible pérdida del comercio exterior brasileño.

¿Este diferendo en ciernes puede beneficiar a Argentina?

Yo creo que en realidad Argentina se va a beneficiar por dos aspectos. Primero, el futuro. La pospandemia va a dividir económicamente a los países entre los que estén libres de coronavirus o lo tengan controlado y los que no. Entonces quien salga mejor de esto, más rápido, se posiciona mejor económicamente. Esto ya se vio en otras experiencias históricas como la gripe española, donde las regiones que salieron más rápido de la crisis sanitaria después se recompusieron mejor.

Por otro lado, los países van a salir de la crisis o más unidos o más divididos y esto va a tener efectos políticos económicos y sociales. Mal que mal Argentina está saliendo con la moral en alta mientras que Brasil va a salir postrado, como una nación que potenció todos sus conflictos estructurales. Eso va a ser importante.

Por ejemplo, Brasil se había puesto como objetivo ingresar a la OCDE. Ahora está claro que no puede entrar. Regionalmente me parece que Brasil pierde espacio porque no trae estabilidad al sistema latinoamericano sino al contrario genera desestabilización. Es una perspectiva en tránsito pero está claro que la estabilidad política argentina es un capital en el contexto regional.

También hay cuestiones relacionadas con la centralidad de la conducción de la crisis que hacen diferencia. Allá la ministra de Seguridad Sabrina Frederik tiene que dar explicaciones sobre cómo aplicar un protocolo para que las fuerzas de seguridad repriman las violaciones de la cuarentena. Aquí eso no se plantea, el poder político no impone límites ni coordina en buena medida la acción represiva. La dimensión continental y la falta de Estado le van a impedir recuperar el prestigio mundial perdido que se había ganado con Lula, que ya era otro con Temer y que ahora queda en un nivel muy inferior.

Estamos frente a un mundo muy cambiante y con efectos muy rápidos. El que dé mejores respuestas se posiciona mejor. Por ejemplo, la respuesta educativa a la pandemia fue muy diferente a la brasilera. Aquí no hubo ninguna directiva general para cerrar las universidades, las escuelas, nada centralizado. Todo se realizó de motus propio, un caos.

Además el parque industrial argentino mostró una capacidad para readaptarse a una economía de guerra, mientras acá ha sido mucho más desordenado. Si eso se pudo hacer en poco tiempo tal vez sea una ventana de oportunidad para aquellos países que salgan mejor de la crisis porque muchos van a perder mercados y otros van a necesitar reabastecerse. Si Argentina aprovecha, va a tener varios clústers para explotar. Es importante no ver tanto lo que se perdió sino lo que se puede ganar en esta lucha de suma cero, porque lo que pierde uno lo gana el otro. Si Brasil pierde terrenos, Argentina lo puede compensar.

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